
Claudio Rodríguez Cataldo
Consultor Estratégico de Empresas · Mentor de Líderes y Equipos / Coach Ontológico Empresarial Senior
Director de ACCOP | Fundador de CR Leaders Coaching
crodriguez@claudiorodriguezcoach.com
Durante los próximos meses, las organizaciones chilenas enfrentarán la entrada en vigencia de dos importantes cuerpos legales: la Ley de Responsabilidad Penal de las Personas Jurídicas y la nueva Ley de Protección de Datos Personales.
A primera vista, podría pensarse que se trata de materias reservadas a abogados, especialistas en tecnología o áreas de recursos humanos. Sin embargo, limitar la conversación a una mirada exclusivamente jurídica sería uno de los principales errores que podrían cometer las organizaciones.
Estas leyes no sólo exigen nuevos procedimientos, protocolos y controles. También ponen a prueba la forma en que las organizaciones toman decisiones, gestionan riesgos, ejercen el liderazgo y construyen su cultura interna.
La experiencia demuestra que muchas empresas reaccionan frente a los cambios normativos elaborando documentos, creando manuales o implementando sistemas de control. Todo ello es necesario, pero insuficiente. La verdadera pregunta es otra: ¿cómo lograr que las personas comprendan, valoren y apliquen esos estándares en su trabajo cotidiano?
Una organización puede contar con un impecable modelo de prevención de delitos y, sin embargo, descubrir que sus colaboradores desconocen su existencia. Puede disponer de estrictas políticas de protección de datos y seguir compartiendo información sensible mediante canales informales. Puede cumplir formalmente con la normativa y, al mismo tiempo, mantener prácticas culturales que terminan generando riesgos reputacionales, legales o económicos.
Por ello, estoy convencido que el desafío que plantean estas nuevas exigencias legales es, en gran medida, un desafío de liderazgo.
Los líderes serán llamados a promover culturas organizacionales donde la responsabilidad, la transparencia, el cuidado de la información y la prevención de riesgos dejen de ser materias delegadas exclusivamente a especialistas y pasen a formar parte de la gestión diaria de todos los miembros de la organización.
Lo anterior exige conversaciones distintas y de líderes capaces de explicar el sentido de las normas, generar compromiso, movilizar conductas coherentes y construir entornos donde las personas comprendan que el cumplimiento no es una obligación externa, sino una forma de proteger a la organización, a sus trabajadores, a sus clientes y a su reputación.
En este contexto, la pregunta relevante ya no es únicamente si la empresa cumple o no cumple. La pregunta es si está desarrollando una cultura capaz de sostener ese cumplimiento en el tiempo. Porque al final del día, el mayor riesgo no suele estar en aquello que las organizaciones desconocen. Con frecuencia, se encuentra en aquello que creen tener resuelto.
Las nuevas leyes representan una obligación legal. Pero también constituyen una oportunidad para fortalecer culturas, desarrollar liderazgos más conscientes y construir organizaciones más sólidas, confiables y sostenibles.
